Para la ciencia, el origen del universo ha dado lugar a todo tipo de teorías argumentadas desde diversas áreas del conocimiento, cuyo aporte se ha orientado a conocer su estructura y composición material.

Paralelamente, los enigmas de la consciencia humana también configuran, a través de todas las eras de la humanidad, un reto para el conocimiento de proporciones mayores, siempre con el ánimo de encontrar el por qué detrás de la vida.

El conocimiento más temprano del hombre dilucidó que no solo somos materia compuesta de carne y huesos sino que también, y en mayor proporción, estamos compuestos de lo que se definió como espíritu o alma.

Bien sea las religiones o las doctrinas espirituales de las civilizaciones pasadas, siempre sostuvieron la existencia de un plano etéreo a los ojos pero de existencia real en donde se manifiestan las dinámicas de la consciencia humana, un plano de mayor sensibilidad que el plano material en donde todo ser viviente experimenta la conexión con Dios o el universo.

Más tarde, con el desarrollo de las teorías empiristas y racionalistas en Europa continental, los valores derivados tanto de la realidad objetiva como de la realidad experimentable comenzaron a regir el pensamiento humano, y paulatinamente el conocimiento espiritual fue quedando relegado a un segundo plano.

En la actualidad, aunque la consciencia continúa funcionando como un tema de estudio en el paradigma humano, el compendio de teorías científicas cada vez se abstienen de evaluar el fenómeno de la mente humana como un elemento de esencia imperecedera.

Por el contrario, se ha establecido que todo aquello que escapa a un proceso de análisis y comprobación, carente de objetividad y experimentación, no entra en consideración como un fenómeno a ser estudiado, dejando todo en manos del determinismo.

Sin embargo, el campo de la ciencia no está exento de excepciones y hay también científicos que han dedicado su capital intelectual a estudiar la verdadera dimensión de la mente humana. Como es el caso de Stuart Hameroff, un anestesista de la Universidad de Arizona reconocido por promocionar el estudio de la conciencia.

Él, en compañía del físico británico Sir Roger Penrose, llevó a cabo un estudio sobre la consciencia, el cual sugiere que la conciencia no es un fenómeno con una naturaleza algorítmica, imposible de precisar con una máquina u ordenador.

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De acuerdo con los científicos, la teoría cuántica sería más apropiada para develar lo esencial de los procesos internos de la mente, estableciendo que el alma está contenida en estructuras denominadas microtúbulos, dentro de las células cerebrales.

Entonces, ya que el el cerebro hay más de 100 billones de neuronas, la experiencia de la consciencia se presenta como un resultado inmediato de los efectos de la gravedad cuántica en los microtúbulos.

Luego, en el momento en que encaramos el estado de la muerte, los microtúbulos pierden su estado cuántico, pero no la información en su interior, por lo cual regresaría al espacio del universo.

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Mira el video de la parte superior y conoce más a fondo esta interesante teoría que explica claramente cómo la consciencia realmente es un fenómeno que se perpetúa en la eternidad.

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