Un joven ejecutivo conducía a gran velocidad. Iba en un auto de lujo, un Jaguar.

En un instante su parabrisa se rompió, algo desde afuera lo había golpeado. Se detuvo enseguida. Estaba realmente indignado.

Miró hacia todos lados y vio el responsable del atropello. Un niño que lo miraba, le había tirado un ladrillo.

Se abalanzó hacia él y manifestó su enfado. Recalcó el gasto que iba a implicar semejante daño.

El niño lo miró un poco asustado. Sus ojos cargaban lágrimas que aún no se habían descargado.

“Fue lo único que se me ocurrió hacer para detener su auto. Necesito de su ayuda, por favor”.

Al terminar de decir estas palabras su llanto emergió. ¿Qué es lo que el niño necesitaba?

¿Por qué impactó un ladrillo en el parabrisas en esa acción desesperada?

Esta historia rescata un mensaje y la posibilidad de entenderlo. La vida nos va dando señales, está en nosotros poder verlo.

A veces, si andamos demasiados ciegos, hasta un ladrillo nos puede caer del cielo.

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