¿Quién no se ha preguntado qué pasa cuando la vida se acaba? ¿Hay algo más después de la muerte?

Son interrogantes planteado por la humanidad de todos los tiempos, o al menos por nuestra civilización actual.

Al detenernos a pensar en ello, tal vez nos invade un miedo intenso, y es porque el hombre mismo teme a lo desconocido; pensar en ese momento es pensar que todo cuanto conocemos, sentimos, vemos, oímos y tocamos dejará de existir, y ello nos genera un vacío inconcebible.

En el contexto religioso se habla de reencarnación, de vida eterna, de paraíso e infierno, de juicio final y de purgatorio, y un sin fin de circunstancias. Pero todo apunta a cuestiones que no logramos concebir desde esta vida actual, desde este saber y conocimiento, entonces todo en lo que creamos parece ser abstracto e ilusorio.

El ser humano es tan complejo como la vida misma, su paso por la Tierra debe tener un propósito distinto al solemos perseguir.

El formato materialista no resiste ninguna posible trascendencia y, como tal, va quedando obsoleto en el sentir de las almas humanas.  Sin embargo, al hombre actual le es hondamente difícil admitir que somos parte de un Universo en el cual existen leyes que nos restringen.

La humanidad, sumida en una profunda ilusión, transita su tiempo sin detenerse a ver las estrellas. Asumiendo están allí, tal vez las contempla como algo lejano, lo que suena bastante lógico si tenemos en cuenta las distancias del vasto Universo; pero entre ese mismo espacio se halla este diminuto planeta, en cual se desarrolla una forma de vida dueña de una preciada inteligencia, capaz de cultivar su corazón y volver a la verdad.

Tal vez,al haberse alejado del cosmos y de las creencias divinas, el hombre ha perdido esa sublime conexión con su creador, y al haber dejado de entenderse a sí mismo y su propósito real de su venida y su paso por este espacio celestial, el miedo y la incertidumbre son extremos.

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