La espiritualidad del pueblo chino ha estado presente en los 5000 años de su civilización.

Todos los oficios y profesiones le daban importancia a la meditación sentada, a la respiración y, sobre todo, al cultivo de la virtud y el caracter moral de la persona.

El arte marcial en la antigua tradición china no ha escapado a este punto. Al contrario, su esencia se nutre de la espiritualidad y es mucho más profundo que considerarlo solo una técnica de combate.

Las artes marciales se empleaban para detener al mal, pero nunca se concibieron para infligir daño. En ellas está la concepción kármica de que el bien es retribuido con el bien y el mal con el mal.

Pero antes de poder armonizar y poder generar algo positivo hacia afuera, un practicante de artes marciales debe templarse internamente para poder apaciguarse y tener una comprensión muy íntima de sus estados.

Solo a través de un trabajo genuino consigo mismo que colabore en la rectificación y promueva el coraje, la compasión, el respeto, el honor, la honestidad y lealtad, va a prepararlo realmente para afrontar todo tipo de desafíos.

Un guerrero con el corazón claro y limpio, es un guerrero con virtud, es un gran guerrero.

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